Desde el siglo XII
Más de ocho siglos de historia vitivinícola en ocho kilómetros al norte de Pamplona. El Señorío de Otazu no se explica sin entender la tierra que lo rodea ni las manos que, generación tras generación, han vuelto a plantar, a podar, a vinificar.
Interrumpida por la filoxera a finales del siglo XIX y recuperada con determinación en 1992, la historia de Otazu es la historia de una obstinación: la de quienes creen que un territorio singular merece vinos a su altura.

Las primeras referencias documentales a Otazu se remontan al siglo XI, consolidándose como un enclave estratégico en la Cuenca de Pamplona. La actividad vitivinícola tiene su origen documentado en el siglo XII, en un territorio donde historia, paisaje y arquitectura quedan ligados desde muy temprano. De este periodo datan los vestigios románicos más valiosos del Señorío, como la Iglesia de San Esteban (siglo XII), que servía de núcleo espiritual para la comunidad agrícola que ya entonces cultivaba la vid en las laderas del río Arga.

Durante el ocaso de la Edad Media y el Renacimiento, Otazu se consolida como un señorío fundamental dentro de la estructura nobiliaria del Reino de Navarra. Es en esta época cuando se levantan elementos defensivos y residenciales de gran valor, como la torre palaciana de estilo gótico-renacentista. El cultivo de la vid y la elaboración de vino se profesionalizan, quedando la propiedad firmemente vinculada a la producción de caldos de alta calidad destinados al consumo de la nobleza local y el clero de la zona.

La documentación de la corte de Carlos III 'El Noble' recoge los vinos de Eriete y Val de Etxauri, entorno geográfico de Otazu, entre los más apreciados por la monarquía navarra. Registros históricos confirman que estos vinos eran servidos de forma habitual en los banquetes reales del Palacio de Olite, situándolos en la cúspide del prestigio enológico del siglo XV y confirmando que la singularidad del terruño de Otazu ya era reconocida por los paladares más exigentes de la época.

Se marca un hito arquitectónico en Navarra con la construcción de una bodega de estilo 'château' francés, con capacidad para 200.000 litros en grandes cubas de roble. Fue una edificación pionera en la región al ser la primera bodega construida fuera de un núcleo urbano y concebida para procesar exclusivamente la uva de una única finca (concepto de pago). Este modelo de producción centralizado permitió un control de calidad sin precedentes en la viticultura decimonónica española.

La plaga de la filoxera, que arrasó gran parte del viñedo europeo tras entrar por Francia, llega a Navarra afectando de forma devastadora a las cepas del Señorío. A pesar de los esfuerzos por contenerla, la destrucción de las raíces de Vitis vinifera obliga a arrancar las plantaciones históricas. La actividad vitivinícola de Otazu, tras siglos de esplendor ininterrumpido, queda sumida en un paréntesis de silencio productivo que duraría casi cien años.

Se inicia el ambicioso proyecto de renacimiento en los terrenos del Señorío de Otazu y de Eriete. Tras un exhaustivo estudio de suelos y microclima, se replantan 92 hectáreas de viñedo utilizando los sistemas de conducción más avanzados. Se seleccionan variedades internacionales de ciclo largo como Cabernet Sauvignon y Merlot, junto a la autóctona Tempranillo y la blanca Chardonnay, buscando una expresión moderna y elegante del terruño navarro.

En 1994 ve la luz el primer vino de esta nueva era, fruto del esfuerzo por recuperar la excelencia perdida. Paralelamente a la restauración de la bodega histórica de 1840, se construye una nueva instalación subterránea conocida como 'La Catedral del Vino', una obra maestra arquitectónica con bóvedas de hormigón finalizada en 1998. Desde 1995, la bodega se posiciona como pionera en sostenibilidad al implantar cubiertas vegetales permanentes para favorecer la biodiversidad y el equilibrio del suelo.

En 1999 nace la primera añada de Altar, el vino icono de la bodega que representa la máxima expresión de sus viñedos más antiguos. El proyecto sigue creciendo con la ampliación de hectáreas de Chardonnay en 2002, destinadas a blancos de guarda. En 2006 se lanza Otazu Rosado Merlot, elaborado por el método de sangrado tradicional, que rápidamente se convierte en un referente cualitativo de la finca por su intensidad aromática y estructura.

El binomio vino-arte se hace tangible en 2007 con la integración de la escultura 'Ariadna' de Manolo Valdés en la imagen de la gama. El hito definitivo llega en 2009, cuando la Unión Europea otorga la Denominación de Origen Protegida 'Pago de Otazu'. Este es el máximo reconocimiento enológico en España, reservado solo a aquellas fincas con un clima y suelo únicos que producen vinos con rasgos diferenciados y una calidad excepcional garantizada desde la cepa hasta la botella.

La bodega antigua se transforma en el Museo del Señorío de Otazu, un espacio que alberga maquinaria enológica histórica recuperada y piezas de arte contemporáneo. En 2013, la incorporación de José Luis Ruiz como director técnico marca el inicio de una etapa de refinamiento cualitativo, apostando por fermentaciones más precisas y una viticultura de precisión que busca resaltar la frescura y la capacidad de guarda de los vinos de clima frío.

El compromiso con la cultura se institucionaliza en 2016 con la creación de la Fundación Otazu, cuya misión es el fomento del arte contemporáneo y el coleccionismo. Se impulsan proyectos internacionales como la Bienal de Arte Monumental, donde esculturas de gran formato conviven con el viñedo, y las 'Artist Series', donde creadores de renombre mundial diseñan etiquetas exclusivas, consolidando a Otazu como un referente internacional en la intersección del vino y el arte.

Otazu refuerza su liderazgo en viticultura regenerativa, centrando sus esfuerzos en la salud del microbioma del suelo y la resiliencia ante el cambio climático. La bodega continúa innovando con microvinificaciones y el uso de nuevos materiales de crianza. En el ámbito cultural, la Fundación Otazu recibe en 2020 el prestigioso 'Premio A al Coleccionismo' otorgado por la Fundación ARCO, reafirmando su papel como uno de los centros de arte contemporáneo privados más singulares y activos de la Península Ibérica.